TOMADO DE LESLIE BETHELL HISTORIA DE AMÉRICA LATINA EDITORIAL CRÍTICA TOMO 9
EL RÉGIMEN DE DÍAZ, 1884-1900
Entre 1877 y 1900, la población de México aumentó desde algo menos de 10 millones hasta más de 15 millones. Durante este período no hubo ninguna nueva guerra que impidiera el crecimiento, y además una ligera mejora en el nivel de vida contribuyó a incrementar el número de habitantes. Las sequías y el hambre que antes afectaban periódicamente la vida económica de muchas regiones perdieron su impacto devastador gracias a que ahora había ferrocarriles para transportar alimentos a los pueblos hambrientos y para llevar la mano de obra excedente de algunas regiones hacia aquellas otras donde había demanda de ella. Sin embargo, la asistencia médica mejoró sólo marginalmente; aunque el número de médicos aumentó de 2.282 en 1895 a 3.021 en 1900, estaban concentrados en las ciudades, y así, la expectativa de vida en México continuó siendo mucho más baja que en Europa occidental y los Estados Unidos.
El aumento de la población se produjo de forma bastante desigual. Los estados fronterizos, que en años precedentes tenían poca densidad de habitantes, y las áreas urbanas, fueron los sectores en los que el aumento de la población fue más intenso. Entre 1877 y 1910 en los estados fronterizos de Sonora, Chihuahua, Nuevo León y Tamaulipas la población aumentó en un 227 por 100. El crecimiento de las ciudades de México^ Guadalajara, Monterrey y Torreón fue aún mayor. Este crecimiento fue debido fundamentalmente al incremento de la población nativa, ya que a pesar de los esfuerzos y esperanzas de la administración ik: Díaz, la inmigración continuó siendo mínima y preferentemente de comerciantes, empresarios y técnicos de clase media y alta. Los salarios en la industria eran demasiado bajos para atraer trabajadores europeos, excepto en el caso de algunos obreros cualificados que estaban muy bien remunerados. Los trabajadores aerícolas europeos no aceptaban los bajos sueldos ofrecidos por los hacendados mexicanos y mientras hubiera posibilidad de emigrar a los Estados Unidos, no veían ninguna razón para cruzar la frontera hacia el sur.
Entre 1884 y 1900, México experimentó un rápido crecimiento económico. La inversión de capital extranjero —casi 1.200 millones de dólares— ayudó a elevar el producto nacional bruto a una tasa anual del 8 por 100. 'Era una tasa de crecimiento sin precedentes en la historia de México como nación independiente, que provocó también desigualdades sin precedentes: entre sistemas agrícolas equipados con la más moderna tecnología y otros donde se trabajaba con las técnicas más primitivas, entre el desarrollo de la industria ligera y la pesada; entre el control de la economía extranjera y la nacional, y entre la evolución de las distintas regiones.
El desarrollo económico fue rápido hasta el final del siglo para la industria ligera orientada al consumo interno y prosperaron las industrias textiles. Cuando el valor de la plata, en que se basaba la moneda mexicana, empezó a caer en la década de los ochenta, las importaciones textiles se hicieron caras, y los comerciantes franceses que trataban con esta mercancía se empezaron a dedicar a la manufacturación textil dentro de México, plantas enormes, como la de Río Blanco, se extendieron por las regiones de Puebla y Orizaba. Se construyeron plantas de industria ligera para la producción de papel, cristal, zapatos, cerveza y procesamiento de alimentos. La industria pesada quedó rezagada y sólo después de empezar el nuevo siglo se recuperó. En 1902, la Compañía Fundidora de Fierro y Acero construyó una planta de acero en Monterrey que hacia 1910 estaba produciendo 72.000 toneladas anualmente.
Después de 1900 el desarrollo industrial decayó notablemente. Esto se debió en parte a la caída del nivel de vida que se produjo en los primeros años del nuevo siglo, que frenó el aumento de la demanda de productos industriales. Además, el crecimiento industrial se vio limitado por la política gubernamental de la administración de Díaz, que no cambió de actitud para ayudar a los productores nacionales que estaban luchando por prosperar. Aunque la ley de Nuevas Industrias de 1881 concedió importantes exenciones fiscales a industrias locales que empezaban y acordó algunas tarifas de protección para algunas de éstas, como las textiles, nunca proporcionó a la industria pesada la protección especial que le concedían los países europeos. Por ejemplo, no se forzó a los empresarios norteamericanos del ferrocarril a comprar a los productores mexicanos el material que utilizaban, ni se dieron facilidades a la industria pesada para acceder a la concesión de créditos.
Durante el Porfiriato se originaron serios conflictos en el sector agrícola, localizados no tanto en el de la producción de bienes (la exportación de cosechas y la producción de alimentos básicos aumentaron, aunque en diferente proporción), como en el nivel de modernización técnica. Aunque se produjo cierta revolución tecnológica en plantaciones de productos de gran demanda como el henequén (sisal) y el azúcar, las haciendas productoras de trigo y maíz todavía utilizaban técnicas anticuadas y tradicionales. El origen de la negativa de estos propietarios a modernizarse se ha atribuido frecuentemente más a razones psicológicas que a motivos económicos. Se dice que los hacendados tenían una mentalidad básicamente feudal y que consideraban la tierra como un símbolo de un estatus más que como una fuente de remuneración económica.
Otro desequilibrio que el desarrollo porfirista contribuyó a agudizar fue la progresiva desigualdad regional entre el centro, el sur y el norte mexicanos; el fenómeno no era nuevo, de hecho se remontaba a los orígenes de lá civilización en cada región. Mucho antes de la conquista europea, se había desarrollado en las regiones central y sur de México una agricultura intensiva, con grandes ciudades, una sociedad altamente estratificada y con una compleja cultura, mientras el norte estaba habitado por cazadores y recolectores nómadas y algunos agricultores primitivos. La llegada de los españoles aportó nuevas diferencias en esas regiones: el sureste se convirtió en una zona marginal para la economía de Nueva España porque allí no se encontraron minas; el norte, en cambio, pasó a ser esencial para la colonia. Allí se descubrieron después de la conquista algunas de las minas más ricas, pero, por desgracia para los españoles, no fueron capaces de poblar estas comarcas y los constantes e implacables ataques de los indios nómadas, sobre todo de los apaches en el siglo xvm, que continuaron en el período de la independencia, retrasaron considerablemente el desarrollo económico de la zona. Durante el Porfiriato, el norte y el sureste de México experimentaron un auge económico y fueron absorbidos por el mercado mundial.
El sureste empezó a asumir rasgos característicos de la América Central y el Caribe. La economía de la mayoría de los estados del sureste se caracterizaba por una escasa diversificación agrícola y aún menos industrial, dedicándose a la exportación de uno o dos productos. La península de Yucatán es el ejemplo más notable de este tipo de desarrollo. En Yucatán, el agave o henequén, como se llama en México, había sido siempre una cosecha importante, pero como se utilizaba principalmente para hacer sogas y cuerdas, su uso y su mercado eran limitados. Pero cuando las segadoras McCormick empezaron a emplearlo en la década de los ochenta, la demanda aumentó asombrosamente y Yucatán conoció el auge de la exportación. Los propietarios de las haciendas que cultivaban henequén y de los ferrocarriles que lo transportaban desde el interior del Yucatán hasta la costa eran mexicanos. Los compradores y transformadores de la fibra, de los cuales la empresa más importante era la compañía norteamericana American Peabody Company, compitieron por el henequén, pero a finales de siglo la mayoría de las compañías se habían fundido en un gran consorcio: la International Harvester Corporation, con base en Chicago, que pronto llegó a dominar el mercado y en cooperación con compañías mercantiles locales intentó manipular el precio del henequén en su provecho.
La situación en Yucatán, donde prácticamente toda la propiedad de la tierra estaba en manos mexicanas, era diferente de la situación en otros estados del sureste, especialmente Chiapas y Tabasco. En estos estados, las materias primas como el caucho y, en menor grado, el café, eran producidas directamente por empresas extranjeras. El punto en común entre estos estados y Yucatán era el que su economía estaba basada en una o dos cosechas y que dependía plenamente de las condiciones del mercado mundial.
Al igual que el sureste periférico, la periferia del norte de México experimentó un rápido desarrollo económico que se orientó en gran medida hacia el mercado mundial. De todas maneras, el parecido entre las dos regiones no pasó de ahí, pues en contraste con el sureste, el norte tenía una economía mucho más diversificada, y exportaba gran variedad de minerales: cobre, estaño, plata y artículos de consumo como garbanzos, ganado y madera aserrada. Además, en contraste con lo que ocurría en el sureste, un sector mucho mayor de la economía del norte estaba destinado a producir para el mercado interno. Este era el caso, sobre todo, de los nuevos y altamente productivos campos de algodón con sistemas de irrigación situados en la región de Laguna en los estados de Coahuila y Durango. En relación con el resto de la economía nacional, el desarrollo industrial era mucho más importante en el norte que en el resto de las regiones de México. Se desarrolló una industria del acero en la ciudad de Monterrey y en el norte se construyeron fundiciones para minerales de propiedad mexicana y norteamericana. Se extendieron por muchas haciendas las industrias de procesamiento de alimentos, de manera que en muchos aspectos la economía en el norte era la más equilibrada del país. Y, a pesar de que la inversión extranjera era mucho más relevante en el norte que en el sureste, el norte, no obstante, era una de las zonas del país donde el capital mexicano desempeñó un papel importante, aunque generalmente subordinado, en el desarrollo de nuevas industrias (con excepción de la minería) y de cosechas de gran demanda, durante la época de Porfirio Díaz.
Fue en las vastas regiones de México central donde, en términos generales, la economía experimentó los menores cambios. Este fue, sobre todo, el caso de las grandes fincas productoras de maíz y trigo. Esta lenta evolución constituía un duro contraste con el rápido desarrollo industrial en el valle de México y sus cercanías, y con los nuevos centros industriales de los estados de Puebla y Veracruz.
A los ojos de muchos intelectuales porfiristas, estas profundas transformaciones económicas sentaron las bases para la transformación de México en una nación moderna e independiente según el modelo de la Europa occidental o de los Estados Unidos, pero lo que realmente se modeló fue un país que dependía, en un grado sin precedentes, de las inversiones extranjeras. Esta dependencia mostraba dos aspectos diferentes pero complementarios: por una parte, la manifestación más evidente era el dominio o la propiedad extranjera de importantes sectores, no agrícolas, de la economía mexicana, como los bancos, la minería, la industria y los transportes. Por otra parte, México se convirtió en el clásico ejemplo de país subdesarrollado productor de materias primas que depende de los mercados del norte industrializado.
Existía en casi todo México una clase media descontenta y resentida porque había sido excluida del poder político, porque creía que sólo recogía las migajas del auge económico mexicano, y también porque los extranjeros estaban desempeñando un papel cada vez más importante dentro de las estructuras económicas y sociales del país. Pero en ninguna parte del país el crecimiento había sido tan rápido como en el norte, ni en ninguna había habido tantas pérdidas en tan poco tiempo. La clase media norteña no sólo estaba profundamente afectada económicamente por la crisis de 1907, que había perjudicado al norte más que a otras zonas del país, sino que además, desde el momento en que Díaz cedió el control político de estos estados a la oligarquía, y puso fin al sistema de dos partidos, esta clase media había sufrido también grandes pérdidas políticas, pues ningún partido de la oligarquía requería su ayuda.
Esta misma crisis económica afectó a la clase trabajadora industrial en un grado hasta entonces desconocido en el resto del país. Con la posible excepción de Ciudad de México, era en el norte donde se daba el mayor índice de desempleo obrero en vísperas de la Revolución. Se podían encontrar hacendados descontentos con alguna actitud política del régimen de Díaz en muchas partes de México (estaban especialmente descontentos con el modo en que los científicos habían intentado descargar el peso de la crisis de 1907 sobre otros sectores sociales), pero la mayoría tenían demasiado miedo a los campesinos, de cuyas tierras expropiadas ellos se habían beneficiado, para enfrentarse al sistema. Sin embargo, algunos hacendados disidentes en el norte de México, especialmente en Sonora y Coahuila, no tenían tanto miedo. En Coahuila la mayoría de ellos estaban concentrados en el área de la Laguna, que había sido una tierra despoblada y desolada antes de que los hacendados la reclamaran. Estos hacendados, por tanto, no tenían que enfrentarse a una masa de campesinos a los que habían quitado sus tierras. Por otra parte, en esta zona existía un nuevo tipo de relación paternalista entre los propietarios y los peones, debido a que los peones en estos estados recibían salarios más altos y disfrutaban de un grado más elevado de libertad que en cualquier otro lugar del campo mexicano. Los hacendados trataron de fortalecer esta relación estableciendo escuelas y cuidados médicos para los trabajadores. Algunos terratenientes ilustrados, como Francisco I. Madero, incluso extendieron estos servicios a los peones no residentes para ganarse así su lealtad.
El movimiento popular estalló en las montañas del oeste de Chihuahua, y bajo la dirección de Pascual Orozco y Pancho Villa, los revolucionarios pronto se hicieron con el control de gran parte del estado. El 14 de febrero de 1911, Madero cruzó la frontera y asumió el liderazgo de los revolucionarios de Chihuahua. Entre febrero y marzo las revueltas locales se empezaron a extender por todo México. Emiliano Zapata encabezó una rebelión campesina en Morelos. Se produjeron revueltas de menor envergadura por todo el país, y hacia el 21 de abril de 1911 la mayor parte del campo mexicano estaba en manos de los revolucionarios. En mayo los rebeldes conquistaron la primera gran ciudad, la ciudad fronteriza de Ciudad Juárez. En marzo, el prestigio de la administración Díaz había sufrido un duro golpe cuando el presidente Taft movilizó a 20.000 hombres a lo largo de la frontera mexicano-norteamericana y envió barcos de guerra norteamericanos a los puertos mexicanos. Aunque el gobierno norteamericano afirmaba oficialmente que la movilización pretendía reforzar las leyes de neutralidad, era obvio que aquel no era un movimiento neutral.
Tres supuestos teóricos de la sociología liberal dominaron durante mucho tiempo el estudio histórico de la Revolución mexicana: la acción de las masas es con-sensual, intencional y redistributiva; la violencia colectiva mide la transformación estructural; y el nacionalismo reúne intereses en una división limitada del trabajo. Dicho de forma sencilla, el movimiento «del pueblo» es movimiento por «el pueblo» y para «el pueblo»; cuanto más sangrienta sea la lucha, más profunda será la diferencia entre las formas de vida de antes y después de la lucha; y la familiaridad cría solidaridad. Los estudiosos más influyentes de esta materia también hicieron dos suposiciones radicales acerca de México en particular. En primer lugar, el hecho más significativo que en 1910 existía en el país era la lucha entre las clases altas y las bajas. En segundo lugar, el conflicto estaba a punto de estallar. Y, basándose en estas premisas, investigadores y analistas respetables formularon una historia prorrevolucionaria de la ascensión de los oprimidos: la Revolución empezó a causa de un problema político, la sucesión de Porfirio Díaz, pero las masas populares de todas las regiones pronto se metieron en una lucha que iba más allá de la política, una lucha por amplias reformas económicas y sociales. El triunfo de la lucha popular hizo necesarios grandes destrozos materiales en todo el país, la ruina de la economía y un desafío total a los Estados Unidos. Y por medio de la lucha los paladines «del pueblo» se convirtieron en los líderes revolucionarios. Las condiciones económicas y sociales mejoraron de acuerdo con la política que siguieron los revolucionarios, de tal modo que la nueva sociedad se formó dentro de un marco de instituciones revolucionarias oficiales. La lucha terminó en 1917, año de la Constitución revolucionaria. El nuevo Estado revolucionario gozaba de tanta legitimidad y tanta fuerza como decían sus portavoces.
De ahí viene el juicio de los profesionales de la historia, que fue aceptado de forma general hasta el decenio de 1970, en el sentido de que la Revolución mexicana había sido una revolución «social». Los movimientos que hubo entre 1910 y 1917 se presentaban como un alzamiento masivo, violentísimo e intensamente nacionalista, en el cual «el pueblo» destruyó el antiguo régimen, los campesinos reivindicaron sus tierras, los trabajadores organizaron sindicatos y el gobierno revolucionario empezó a explotar la riqueza del país para el bienestar nacional, inaugurando así una nueva época en la historia de México. Algunas versiones presentaban la Revolución mexicana como «la primera revolución social del siglo xx» comparable, favorable o desfavorablemente, con las revoluciones rusa y china.
martes, 13 de julio de 2010
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